Tenía que decirlo

Tenía que decirlo, no estoy feliz.

Se perfectamente que en esta época en la que todos tenemos que ser felices, estar alegres y sonreir mientras te embadurnan con brea y ves acercarse peligrosamente una tea a tus pies, está condenadamente mal.

Lo sé.

Me importa un huevo.

No estoy contento.

En general no suelo ser una persona que desprenda optimismo por ningún costado, pero en esta época en concreto siento como si me estuvieran drenando la poca chispa que quedara en mi interior.

Y no son los políticos (o si). Ni las lúcidas mentes que nos llevan al matadero (literalmente hablando) guiadas únicamente por su ineptitud. (o también)

Quizás sea la desesperación de miles de conciudadanos que ven como sus negocios languidecen mientras ellos esperan un milagro en forma de ayuda que no llega. (Ni llegará a tiempo para la mayoría de ellos).

Como muchos de ustedes, poseo la clásica perspectiva del español medio, la cual se puede resumir en una simple frase:

— ¡que putada!, . . . mientras a mi no me toque . . .

Y con este talante apretamos los dientes y seguimos golpeando duro nuestra cabeza contra la primera pared que encontramos … o que nos colocan delante, que para este ejemplo viene siendo lo mismo.

Pero el caso es que aunque neguemos una evidencia, esta seguirá existiendo sin importarle lo más mínimo tu estúpida escala de creencias varias.

Permítanme que me explique someramente.

Si cogemos al azar a un grupo de 100 personas y de entre estas hay una persona a la que le van mal las cosas, dificilmente esto llegará a afectar al resto del grupo. Si en vez de a una persona, las cosas le van mal a 20, el resto del conjunto se resentirá de una manera u otra. (Menos el grupito dedicado a la política, este ni sentirá ni desde luego padecerá lo más mínimo).

Cuanto antes entendamos esto, mejor para todos.

A lo mejor mañana les sigo contando porque no estoy feliz.